REFLEXIÓN CORDIMARIANA
Martes, 31 de marzo 2026.
REFLEXIÓN CORDIMARIANA
“LA CRUZ REVELA LA PLENITUD DEL AMOR DE DIOS”
En el misterio de la Cruz se revela enteramente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre Celestial. Para reconquistar el amor de su criatura, Él aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo Unigénito.
La muerte, que para el primer Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo de amor y de libertad del nuevo Adán.
Bien podemos entonces afirmar que Cristo “murió, si así puede decirse, divinamente, porque murió libremente”.
En la Cruz se manifiesta el eros de Dios por nosotros. Efectivamente, eros es – como expresa Pseudo-Dionisio Areopagita – esa fuerza “que hace que los amantes no lo sean de sí mismos, sino de aquellos a los que aman”.
El Hijo de Dios al unirse a nosotros hasta tal punto que sufrió las consecuencias de nuestros delitos como si fueran propias.
¡Miremos a Cristo traspasado en la Cruz! Él es la revelación más impresionante del amor de Dios, un amor en el que eros y agapé, lejos de contraponerse, se iluminan mutuamente.
En la Cruz, Dios mismo mendiga el amor de sus criaturas: Él tiene sed del amor de cada uno de nosotros. En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad, infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros.
Jesús dijo: “Yo cuando sea elevado de la Tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12,32). La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor, sin embargo, no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo “me atrae hacia sí” para unirse a mí, para que pueda amar a los hermanos, con su mismo amor.
Deseo de corazón que la Cuaresma sea para cada uno de nosotros una ocasión propicia para este camino de conversión, que tiene su referencia fundamental e irrenunciable en el sacramento de la penitencia (la confesión). Esta es la condición para llegar a una experiencia más íntima y profunda del Amor del Padre.
“Amado Dios, Padre Celestial, hoy
me acerco ante ti para reconocer
la inmensidad de tu amor.
Un amor que no tiene límites,
ni condiciones, ni final. Acepto
tu verdad: me amas tal cual soy,
con ternura infinita.
Derrama sobre mí tu gracia para
vivir en tu presencia, irradiando
tu luz y confianza. Que tu amor
infinito sea mi fuerza y mi paz
cada día. Amén”.
Madre María Teresa Silva Sandoval
Directora General Misionera Cordimariana.